El final de 'El ser querido': Sorogoyen devuelve a su protagonista a la casilla de salida, y esa es la tesis
Emilia hereda de su padre exactamente lo que le echaba en cara. La película termina con ella sacando mesas y sillas, sin una botella cerca. Contiene destripes.
Aviso por delante: aquí se cuenta el final de ‘El ser querido’.
El reproche del principio
La película arranca en un restaurante de lujo agobiante y lleno de tensión, donde padre e hija se reencuentran después de trece años. Emilia acaba echándole en cara a Esteban una noche concreta: la de ‘Kill Bill 2’ en los Roxy, cuando llegó borracho y se encaró con otro espectador.
Él lo niega. Pero también dice, más adelante, que recuerda cada cosa que ha pasado en su vida. Y dentro de cada cosa están, por supuesto, sus desmanes con la bebida.
Lo que no espera Emilia
Lo que no ve venir es adoptar, durante el rodaje, exactamente la misma afición que le reprochaba a su padre. Está sobrellevando un trabajo que puede catapultarla, pero en el que claramente no lo está pasando bien.
En la primera escena, compartiendo piso y trabajando de camarera, dice que está bien. Cuando aparentemente cumple su sueño, no lo está: dada a la bebida, llegando tarde, en tensión continua, y enfrentándose a su padre solo cuando lleva unas copas encima.
El personaje de Vicky Luengo entra en una espiral autodestructiva de la mano del de Javier Bardem, y el público empieza a preocuparse mientras Sorogoyen prepara el desenlace.
Volver al principio
Cuando la película termina no sabemos si se ha estrenado, si Emilia está nominada a los Goya, si crítica y público la han disfrutado. Nada de eso.
Sabemos que ha vuelto a trabajar de camarera, sacando sillas y mesas. Tranquila. Sin una botella cerca. Sin tensión. Abrazando a su compañero de reparto como quien abraza la vida normal, compartiendo piso otra vez, intercambiando batallitas, como si esos meses con su padre hubieran sido una pesadilla en el éter.
Es la única manera posible de terminar ‘El ser querido’: con ella de vuelta en la casilla donde decía ser feliz. De la que, quizá, nunca debió salir.
El otro elefante
A Sorogoyen le cayó el mundo encima cuando se enteró de la existencia de ‘Valor sentimental’. No porque las películas se parezcan, que van por sitios completamente distintos, sino porque el punto de partida era el mismo.
El laberinto que construye la española es inabarcable, lleno de estribillos y de espejos, con una evolución paralela de sus dos protagonistas que culmina en el mejor final posible. Al menos para uno de ellos.