Muere Yayoi Kusama a los 97, la artista viva más famosa del mundo
Su galerista recuerda las colas de una hora en Nueva York en 2013. Su obra pública más alta está en Londres y su museo, en Tokio.
Yayoi Kusama murió el 14 de agosto en un hospital de Tokio, a los 97 años. Su estudio lo comunicó a través de su web oficial.
“Dedicó toda su vida a actividades internacionales como artista de vanguardia en diversos campos, como las bellas artes, el arte escénico, la novela y la poesía. Nunca dejó de pintar hasta poco antes de su muerte, continuando su búsqueda del amor eterno y del alma a lo largo de sus 97 años de vida.”
Recogido por Highxtar
Lo que hizo
Sus obras, enormemente coloridas y perfectamente fotografiables, se construían sobre tres motivos repetidos: lunares, agujeros y espejos.
Sus esculturas e instalaciones han sido de las exposiciones más rentables para instituciones internacionales como la Fondation Beyeler.
Lo que dice su galerista
David Zwirner, que la representó los últimos quince años, publicó un comunicado:
“Ha sido uno de los grandes privilegios de mi vida profesional poder representar el arte extraordinario de Yayoi Kusama durante los últimos quince años.”
Y un recuerdo concreto:
“La última vez que Kusama visitó Nueva York, una ciudad en la que vivió muchos años, fue en 2013. Durante aquella visita inauguró la primera de muchas exposiciones en nuestras galerías que tuvieron colas de una hora para tener la oportunidad de experimentar su obra.”
Su valoración final:
“En el momento de su muerte, Kusama era, sin ninguna duda, la artista viva más famosa del mundo.”
Dónde queda su obra
Su trabajo permanente está mayoritariamente fuera de Estados Unidos.
Su pieza pública más alta, ‘Infinite Accumulation’, está en Londres. Y hay numerosas instalaciones repartidas por Japón, incluido su propio museo en Tokio.
Lo que había debajo de los lunares
Se la conocía como “la reina de los lunares”, y consiguió que uno de los elementos más simples de la cultura visual se convirtiera en un lenguaje reconocible en todo el mundo.
Detrás de esa estética había una trayectoria atravesada por las alucinaciones, la ansiedad y la enfermedad mental. Kusama convirtió sus propios conflictos internos en algo que cualquiera podía mirar y entender.
Puntos, redes, colores, calabazas, esculturas y superficies infinitas. Y un mensaje sostenido sin desviarse durante décadas: amor y paz.